Antonio Hernando, ecos de Los Angeles

Hernando

Antonio Hernando saca su quinto disco, Empiria y Laurel, que está repleto de buenas noticias. La primera es la fertilidad creativa que le ha proporcionado su reciente paternidad; su hijo está presente de una manera u otra en muchos de los temas. Antonio mantiene el pulso rockero de sus discos anteriores, con una precisa producción a cargo de Miguel Herrero y con grandes colaboraciones. Por el disco pasa gente como Hendrik Röver, el tótem de la americana española; Toni Di Geraldo y Víctor Cabello, que ponen la tabla india y el sitar en Lisérgico síndrome disidente; o la norteamericana Scarlet Rivera, que aporta su violín en Saturno devorado. Habían pasado cuatra años desde su útimo LP, La Liturgia Eléctrica (2021), pero la espera ha valido la pena.

Respecto a la portada, vemos claramente la influencia del folk rock americano de finales de los 60, un aire Woodstock con hojas de primavera. En una entrevista reciente con Dirty Rock, Antonio explicaba los secretos que se esconden tras esa foto firmada por Javier Jimeno, un colaborador habitual: «Hay elementos escondidos como Tigrotote, el peluche favorito de Simón [su hijo], un reloj de cadena que evidencia el paso del tiempo o los vinilos de The Band y The Byrds». 

Y para escuchar:

‘EL DESASTRE’. En un disco lleno de referencias dylanianas nos vamos al tema más acústico del pack. Es un mensaje de resistencia al desaliento a pesar de dibujar un paisaje en el que nuevamente reina la desolación. Con una cadencia de vals bailado apartando las mesas del bar, se desarrolla este tema en el que Antonio Hernando comparte voz con Gatoperro. Para cerrar el tema y el disco, un coro de copas alzadas que se acerca más al folk de los Pogues que a la referencia californiana del título de Laurel Canyon, que sí tiene mucha presencia en el resto de temas.