Depedro, de Aluche al mundo (con casco y espada)


Portada de Érase una vez de Depedro

2019 / Depedro (nombre artístico de Jairo Zavala) ha publicado hace poco su noveno disco en solitario, Máquina de piedad, y luce una de las trayectorias más pecualiares dentro del rock español. En los noventa fundó Vacazul, con los que grabaría cinco discos. En 2008 comenzó su carrera en solitario y también empezó a tocar con los norteamericanos Calexico, con los que ha participado en diferentes giras alrededor del mundo. También ha colaborado con Amparanoia, Los Coronas, Luz Casal… pero hoy hablaremos de otra cosa. Concretamente, de la portada de Érase una vez (Warner), su penúltimo disco.

En la portada aparece el propio Jairo. Quizás tuviera unos diez años… Y se apoya en un puente en el que soñaba, según ha explicado en alguna entrevista, «con pescar sardinas». La fotografía familiar se tomó en el barrio de su infancia, Aluche. Aquí creció rodeado de la músicia que escuchaban sus padres: su madre, criada en Guinea; su padre, nacido en Perú. Aquella infancia vivida en un barrio humilde de Madrid forjó la cultura musical de Jairo y se refleja explícitamente en este Érase una vez que explica el mundo con ojos de niño. Incluso aparecen las voces de sus hijos, en una bonita unión de pasado y futuro.

El pequeño Jairo, que acabaría saltando de Aluche al mundo, queda transformado en esa portada en una especie de héroe infantil. La espada y el casco de caballero lo pusieron desde el estudio de diseño Pon un diseñado gráfico en tu vida, que también ha trabajado con una larga lista de grupos y artistas, desde Los Deltonos a Antonio Orozco. Ese mismo estudio ha hecho también todo el arte gráfico de Máquina de piedad. Corazón azul.

Y para escuchar

QUIERO DESCANSAR’. Depedro hablaba en alguna entrevista de promoción de este disco de un concepto que nos llamó la atención, la canción protesta infantil. Depedro escribe desde el punto de vista del niño que se queja de injusticias adultas, en este caso, paradójicamente, del autor, su padre, que en ese error sobreprotector tan habitual impide a la criatura disfrutar de aquello por lo que es un niño. Y canta valiente desde la voz de su hijo, quiero descansar de ti, papa.